La ventana
A través de las ventanas surgía el reflejo de los árboles otoñales, las ramas quebradizas danzaban al ritmo del viento y el sonido de la brisa dejaba su huella en la fría mañana.
Despertó aterrada por la horrible pesadilla que la acosaba hacía meses, llevo sus manos al rostro para despejar los malos sentimientos y quedó quieta por unos segundos. Recordó los días en que el dolor fue insoportable y las sombras le ahogaban la vida, queriendo despojarla de su respiración.
La máscara de la muerte se dibujaba lentamente en su cabeza, la llamaba, entonando su nombre, cada día lograba abrumarla y aullar que aún le pertenecía, que aún su frágil cuerpo podía llegar al fuego eterno. Apretó los dientes y una lágrima recorrió sus mejillas macilentas.
Desvaneció, un agónico gemido nació del fondo de sus entrañas para tocar el aire viciado de aquel cuarto putrefacto, huérfano, decadente.
Afuera el viento frío congelaba las miradas de los transeúntes, existía un estado de desasosiego entre aquellos personajes con formas fantasmales venidos del espacio más corrompido que existe, el invierno dejaba una estela de desesperanza exagerada. Madres apestadas de sus hijos, mujeres mentirosas, abusadas violentamente, agredidas, golpeadas, ignoradas dirigían sus pasos sin la menor turbación. Internalizaron a tal punto el sufrimiento, que brotaba sin remordimiento en sus miradas. Una de ellas detuvo súbitamente sus pasos exhalando de golpe, sintió de manera sobrenatural un gemido de mujer y dirigió su vista hacia aquella ventana cubierta por los árboles, fijó su atención por unos minutos y luego siguió su camino a paso lento.
Pretendió liquidar de una vez los recuerdos, liquidar...
Acomodó las sábanas, abrió el cajón ubicado al lado derecho y consiguió unas provocativas píldoras para dormir, finalmente era lo único que le restaba hacer. Narcotizarse para fundirse de una vez por todas con el abismo.
Extendió la mano para alcanzar el vaso, sin embargo la torpeza del movimiento lo hizo caer y un estridente sonido resonó mil veces en su cabeza e imaginó cada uno de los pedazos de vidrio en el suelo. Intentó calcular cuantas píldoras había ingerido la noche anterior, tenía que ser cuidadosa, ya que dosis sin medida provocarían una muerte segura...ella no debía morir aún, no era el fin que buscaba, sentía que al estar muerta ya no podría revolcarse de tristeza, no sentiría el caos navegando en sus venas, en sus poros, en sus órganos...después de tanto tiempo comprendió que el tan temido sufrimiento era lo que la mantenía viva, y una leve sonrisa resplandeció en su rostro. Había resuelto parte del enigma, no obstante, gran parte de su ser sentía que poco a poco su razón la dejaba, apartándose para dar paso al delirio, a la locura.
Locura, locura...dijo en voz alta como invitándola a poseerla de una vez, visualizó cada una de las letras que componían la palabra, coloreándolas, uniéndolas obsesiva, y de golpe su corazón comenzó a latir más rápido, un extraño ardor se apoderó de su cuerpo y experimentó un orgasmo que la dejó exhausta. Explotó en carcajadas demoníacas, su mirada se tornó ultratumba, cientos de demonios milenarios se posaron en sus huesos, espesas figuras negras surgían inagotables de la nada y ella sentía cómo su cuerpo experimentaba tales cambios, deseo pertenecerles, penetrar en sus viles existencias para dejar la suya.
Junto a ellos...lamentos infernales, llantos, gritos, blasfemias, retorciendo el espacio, reduciéndolo, agotándolo, envenenándolo.
Volvió su rostro nuevamente, miró...algo, algo había en aquella pieza, tuvo el impulso de dirigir sus pasos hacia aquel lugar...y así lo hizo.
Caminó rápidamente con un dedo entre los dientes, impaciente buscó en la cartera un cigarrillo, lo encendió y siguió.
Se detuvo en la entrada, subió las escaleras en un trance que la hizo llorar, luego reír, no entendía que era lo que le sucedía, lo que la llamaba, desconocidas fuerzas la alentaban a dirigirse a ese lugar impúdico.
Tiró sus cosas al suelo, se desprendió de su abrigo y caminó lentamente...sin respiración, pálida, con la mirada perdida...
A medida que los lamentos y el vocerío cobraban intensidad su cuerpo se levantaba de la cama, sediento, anhelante, y un deseo inhumano se apoderó de ella, tomó en sus manos los vidrios esparcidos, flageló su cuerpo una y otra vez, sin embargo, su mirada permanecía divagando en el eterno abatimiento.
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